Archivo Marzo 11, 2010

ALICIA EN BUENOS AIRES

Jueves, Marzo 11, 2010

El autor de la crónica no se privó de ir al cine a ver la nueva película de Tim Burton en 3D. Su pequeña niña tampoco, de invitar a amigos y parientes al suceso.

 

Por Juan Fernández *

 

Todo el mundo, en estos días, está hablando de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. El caso es que, como todos sabemos, la combinación perfecta del popular estudio Disney con el director de culto Tim Burton permite atravesar de una vez todos los públicos, todas las revistas, programas de radio y tv.
Nosotros, en nuestra casa, hacía rato que habíamos dicho que cuando se estrenase Alicia iríamos todos. Para mi pequeña niña está visto que las palabras guardan cierta particular literalidad, y la palabra “todos” incluye a compañeros de escuela y primas primeras y segundas. Así fue que en la semana repiqueteaba insistentemente la campanilla del teléfono porque llamaban los padres de los compañeritos y los familiares políticos diciendo que sí, que aceptaban la invitación para ir al cine muy gustosos. De esta sutil manera tanto D., mi mujer, como yo, nos fuimos enterando de que el hecho estaba consumado.
Al mediodía del sábado me llegué hasta el cine para sacar las entradas como un adulto responsable. Le temía al malón que nos dejase sin ubicaciones (¿qué haría en ese caso con la muchedumbre en mi casa?). Me fui munido de una promoción de 2×1 y, por las dudas, de una tarjeta de débito que rara vez uso pero que sé que en ese cine, con esa tarjeta, también permitía el 2×1. Como decía, me arrimé hasta la ventanilla para sacar las entradas cinco horas antes de que empezara la película. No hubo problemas, más allá de que me ofrecían una ubicación un tanto próxima a la pantalla. Cuando le dije que contaba con la promoción del 2×1 me dijo amablemente la señorita que no regía para las películas en 3D, casualmente la que yo estaba buscando. No me importó. Sabía que tenía una carta bajo el sombrero: saqué la tarjeta de débito y la señorita, con la misma cara amable de antes, me dijo que no regía para las películas en 3D. “Bueno”, le dije, “entonces, ¿cuánto es?”. Me dijo: “28 los adultos y 23 los menores de 12”. “¿Y todo?”. Esperé la respuesta como quien aguarda la bolilla para el sorteo del servicio militar con número de orden 999 y sabiendo que sólo queda por salir un número inmenso. “204 pesos”, me dijo, inmutable. Pagué y me llevé los tickets. Más que ver una película de Disney en una sala de una ciudad del tercer mundo, me sentía abonando un paseo en el propio Disney, Orlando, Estado de la Florida.
aliciaLa tarde se hizo enseguida y fuimos contentos. Caminamos, el cine queda a unas pocas cuadras de la casa. No olvidé llevar las entradas. Miraba para todos lados como el que guarda un tesoro escondido y le teme al arrebato. Subimos las escaleras mecánicas (antes de llegar, paramos en un kiosco de las inmediaciones y compramos algunas bebidas y golosinas y las camuflamos en la mochila; no vaya a ser que encima estuviera obligado a pagarles a cada uno un balde de palomitas). Antes de nosotros, en la puerta de la sala, había un contingente de niñas pre-adolescentes que pugnaban por entrar. Me pregunté quién habría sido el benefactor y lo imaginaba como un señor multimillonario que les regalaba el mejor día de su vida a estas chiquilinas.
¿Qué decir de la película que uno ya no haya leído o escuchado en todos lados? Sólo, a modo de síntesis, que ese clima onírico y apesadumbrado se logra a la perfección en la película y en todos nosotros, espectadores calzados con unos ridículos anteojos, casi pudiendo tocar a la trémula Alicia y al simpático sombrerero.
Leí con más pasión los libros de Lewis Carroll que compilan sus cartas y fotos que sus obras de ficción más famosas. No es que Alicia en el país de las maravillas y Alicia detrás del espejo no sean lo que son, sino que la sinrazón a veces me marea. Las cartas y las fotos a las pequeñas que rodeaban al extraño autor inglés parecen, de alguna manera, la brújula para orientarse entra tanta maravilla.

 

* Juan Fernández tiene 40 años, está casado con D. y tiene una pequeña niña que, como está visto, tiene una vida social muy activa. Viven todos juntos en el barrio de Núñez.