Archivo Marzo 8, 2010

MUJERES AL ALBA

Lunes, Marzo 8, 2010

En este día de la mujer, han pasado 65 años desde el estreno de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. La obra había sido finalizada nueve años atrás, poco tiempo antes del fallecimiento del autor. Por motivos de la guerra Civil Española, la obra teatral no fue representada en España sino que se trasladó al teatro Avenida de Buenos Aires a cargo de Margarita Xirgu y su compañía. A continuación, les presentamos el final del tercer acto.

Martirio. (en voz baja)
Adela: (Pausa. Avanza hacia la misma puerta. En voz alta) ¡Adela!
(Aparece Adela, un poco despeinada)
Adela: ¿Por qué me buscas?
Martirio: ¡Deja a ese hombre!
Adela: ¿Quién eres tú para decírmelo?
Martirio: No es ese el sitio de una mujer honrada.
Adela: ¡Con qué ganas te has quedado de ocuparlo!
Martirio: (En voz alta) Ha llegado el momento de que yo hable. Esto no puede seguir así.
Adela: Esto no es más que el comienzo. He tenido fuerza para adelantarme. El brío y el mérito que tú no tienes. He visto la muerte debajo de estos techos y he salido a buscar lo que era mío, lo que me pertenecía.
Martirio: Ese hombre sin alma vino por otra. Tú te has atravesado.
Adela: Vino por el dinero, pero sus ojos los puso siempre en mí.
Martirio: Yo no permitiré que lo arrebates. Él se casará con Angustias.
Adela: Sabes mejor que yo que no la quiere.
Martirio: Lo sé.
Adela: Sabes, porque lo has visto, que me quiere a mí.
Martirio: (Despechada) Sí.
Adela: (Acercándose) Me quiere a mí. Me quiere a mí.
munch_madre_e_hijaMartirio: Clávame un cuchillo si es tu gusto, pero no me lo digas más.
Adela: Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere; a mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias, pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, lo quieres.
Martirio: (Dramática) ¡Sí, déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos!¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡le quiero!
Adela: (En un arranque y abrazándola) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio: ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es tuya. Aunque quisiera verte como hermana, no te miro ya más que como mujer. (La rechaza)
Adela: Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio: ¡No será!
Adela: Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré la corona de espinas que tienen las que son queridas de un hombre casado.
Martirio: ¡Calla!
Adela: Sí. Sí. (En voz baja) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias, ya no me importa, pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio: Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela: No a ti, que eres débil; a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio: No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala que, sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela: Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.
(Se oye un silbido y ADELA corre a la puerta, pero MARTIRIO se le pone delante)
Martirio: ¿Dónde vas?
Adela: ¡Quítate de la puerta!
Martirio: ¡Pasa si puedes!
Adela: ¡Aparta! (Lucha)
Martirio: (A voces) ¡Madre, madre!
(Aparece BERNARDA. Sale en enaguas, con un mantón negro.)
Bernarda: Quietas, quietas. ¡Qué pobreza la mía, no poder tener un rayo entre los dedos!
Martirio: (Señalando a ADELA) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!
Bernarda: ¡Esa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia ADELA)
Adela: (Haciéndole frente) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (ADELA arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe.
Magdalena: (Saliendo) ¡Adela!
(Salen La PONCIA y ANGUSTIAS)
Adela: Yo soy su mujer. (A ANGUSTIAS). Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león.
Angustias: ¡Dios mío!
Bernarda: ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta? (Sale corriendo)
(Sale detrás MARTIRIO. Aparece AMELIA por el fondo, que mira aterrada con la cabeza sobre la pared)
Adela: ¡Nadie podrá conmigo! (Va a salir)
Angustias: (Sujetándola) De aquí no sales con tu cuerpo en triunfo.¡Ladrona! ¡Deshonra de nuestra casa!
Magdalena: ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!
(Suena un disparo)
Bernarda: (Entrando) Se acabó Pepe el Romano.
Adela: ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe! (Sale corriendo)
La Poncia: ¿Pero lo habéis matado?
Martirio: No. Salió corriendo en su jaca.
Bernarda: No fue culpa mía. Una mujer no sabe apuntar.
Magdalena: ¿Por qué lo has dicho entonces?
Martirio: ¡Por ella! Hubiera volcado un río de sangre sobre su cabeza.
La Poncia: Maldita.
Magdalena: ¡Endemoniada!
Bernarda: Aunque es mejor así. (Suena un golpe.) ¡Adela! ¡Adela!
La Poncia: (En la puerta) ¡Abre!
Bernarda: Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.
Criada: (Entrando) ¡Se han levantado los vecinos!
Bernarda: (En voz baja como un rugido) ¡Abre porque echaré abajo la puerta! (Pausa. Todo queda en silencio) ¡Adela! (se retira de la puerta) ¡Trae un martillo! (La PONCIA da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale) ¿Qué?
La Poncia: (Se lleva las manos al cuello) ¡Nunca tengamos ese fin!
(Las Hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza.)
La Poncia: ¡No entres!
Bernarda: No. ¡Yo no! Pepe: tú irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como una doncella. ¡Nadie diga nada! Ella ha muerto virgen. Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.
Martirio: Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.
Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra Hija) ¡A callar he dicho! (A otra Hija) ¡Las lágrimas cuando estés sola! Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!

lacasadebernardaalbaTelón

Fragmento de:
La casa de Bernarda Alba
Federico García Lorca
Losada, Buenos Aires, 2004

Este libro se encuentra en la biblioteca del CAF Mitre, Larraya 4370, en el barrio de Villa Lugano.