Una mañana cualquiera el cronista va a pasear a su perro por las Barrancas de Belgrano. Ahí descubre que en un solo lugar pueden hallarse las huellas del pasado, del presente y del futuro.
Por Juan Fernández*
Tengo un perro. No sé si ya me había referido a él, pero vale la pena empezar por esto porque, de alguna manera, él me movió a lo que voy a contar. El hecho de tener un perro, por si alguien no lo sabe, lleva a tener que caminar por la ciudad de una manera especial. Digo sencillamente: uno se transforma a la fuerza en flaneur de geografías más o menos acotadas y circundantes al lugar donde se vive. Trato de evitar –cosa que imagino que harán algunos otros dueños de animales- realizar siempre el mismo recorrido. Planteo pequeñas novedades cada vez. Justo ayer decidí ser más audaz y rumbear muy temprano con Leonardo, así se llama mi perro, hacia el lado de Barrancas de Belgrano. La mañana estaba linda para caminar.
Cuando llegué a las Barrancas tuve una sensación un poco especial. No sé cómo explicarla, pero es como cuando se repara en algún rasgo evidente pero desconocido en una persona muy allegada: un lunar en la cara de la madre, una pequeña cicatriz en la frente de un marido o una mujer. Por Barrancas de Belgrano debo pasar incalculables veces por semana, sea por el rol de tutor llevando a mi niña a la escuela, por trabajo o el simple ocio de llegar a los cines de por ahí. Pero esa mañana con el perro vi un grafiti que ¡no había visto nunca!
Decía sólo esto: “Fito Páez”. Dudé sobre la posibilidad de que fuera una simple novedad, un nostálgico que había dejado constancia de su fidelidad a pesar de los años. Pero no. La pintura estaba raída, el tiempo había pasado también para el graffiti y su circunstancia. Volví a mirarlo y me di cuenta a mi pesar que, al final, yo no era como creía una persona observadora, que el grafiti debía ser de aquella época, de justo cuando Fito Páez cantó en la primavera alfonsinista ahí en Barrancas de Belgrano y yo lo estaba viendo con mi cara de adolescente que ve a Cristo descender del cielo. Así seguí caminando con Leonardo, mi perro, ahora sí mirando esas cosas, descubriendo huellas de mi pasado, del imperfecto pretérito de la ciudad que se fue deshaciendo.
Mi perro es cachorro, es revoltoso pero por suerte casi no ladra. Cuando lo elegí, me acuerdo, tenía la preocupación de que ladrara agudo. Eso salió bien. Lo que no, fue que se lo regalamos a mi niña para los reyes magos del año pasado. Lo había pedido tantas veces que yo estaba seguro de que le cambiaría la vida. Y no. Yo lo debo sacar a pasear tantas veces cuanto me sea posible, mientras que ella lo tiene en cuenta sólo cuando le reitero que ahí está esperándola. Esa mañana era una más de todas las que lo llevo a pasear, muy temprano, y había ido hacia Barrancas de Belgrano.
Comencé a dar la vuelta al parque, tenía tiempo. El perro tiraba pero yo prefería ir despacio como el rastreador. Parece que este exbellísimo sitio también fue proyectado y parquizado por el francés Carlos Thays (algún día nos detendremos en él extensamente). El mirar con más atención me llevó a fijar el ojo en las desgracias y preguntarme cómo algo puede degradarse tanto, al punto que se puede unir cada ruina como esos juegos de niños que había que hacer una línea de puntos para armar la figura. Y los signos son más evidentes cuando algo supo de apogeos y desde hace años transita la ruda decadencia. Pero volvamos al paseo que contaba y a la descripción ascética de las huellas más pequeñas. Dejemos esa del oropel y la decadencia para congresos y largas sesiones con terapeutas sociales. Caminaba mirando a la gente, la naturaleza y la cultura: así, me topé con señoritas monas que paseaban a sus perros, mujeres con delantales que paseaban los perros de sus patronas paquetas, perros vagabundos que se recostaban inclinados sobre los pobres que dormían bajos las glorietas desteñidas, paseadores que cuidaban el racimo de perros, y yo, con Leonardo, el mío. Sobre la cultura, digamos que los hombres y las mujeres han dejado impregnado en paredes, bancos y columnas declaraciones de amor, la gracia de su artista favorito (ya me he referido a él), íconos procaces y consignas políticas. También firmas gregarias, como la que exalta su contenido sobre la calle Echeverría: “Asamblea Popular Belgrano-Núñez”. Ay, ¡el pasado! Digo más: hay un cartel para el turismo que sólo conserva el marco; hay carteles de obras que Dios sabe si alguna vez pasaron del dicho al hecho, hay residuos sobre el césped que algún endiablado humano habrá pensado que ése era el mejor lugar para dejarlo. Perdón, lo sé, estoy hundido por la rabia y no puedo flotar. El día se había vuelto de perros.
Cuesta ver en una sola diapositiva todo lo que como comunidad fuimos, estamos siendo y rumbeamos a ser. Sobre todo, si a veces dan ganas de cubrirle los ojos a las mascotas, no vaya a ser que se note demasiado y decidan emanciparse.
* Juan Fernández vive en Buenos Aires con D., también con su niña y, como está dicho, con Leonardo, el perro. Tiene 40 años y trabaja de profesor de lengua en escuelas secundarias.