YA TRECE AÑOS SIN SORIANO
Viernes, Enero 29, 2010Hace trece años moría Osvaldo Soriano, periodista, hincha fanático de San Lorenzo de Almagro y escritor argentino, autor de, entre otras, las novelas No habrá más penas ni olvidos y Cuarteles de invierno.
El escritor argentino Osvaldo Soriano falleció un día del caluroso verano porteño de 1997. Corría, en Buenos Aires, el 29 de enero. Tenía, apenas, 54 años.
Nacido el 6 de enero de 1943 en Mar del Plata, su infancia fue algo nómade, ya que la familia recorría los pueblos tras los destinos laborales de su padre.
En 1969, se instaló en Buenos Aires con 26 años de edad, donde trabajó como redactor de la revista Primera Plana, y, posteriormente, escribió para Panorama.
En 1971, trabajó para el diario La Opinión, y luego, en el diario Noticias y en Confirmado. En 1973 se publicó su primera novela, Triste, solitario y final, la cual fue traducida a varias idiomas.
En el año 1976, debido al golpe de Estado, se exilió en Bélgica y más adelante en París; en 1984, con democracia nuevamente en la Argentina, regresó a Buenos Aires. Durante su exilio en Europa, Soriano publicó No habrá más penas ni olvido, en 1978, y Cuarteles de invierno, en 1980.
Entre sus obras encontramos: Artistas, locos y criminales (1984); Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988); A sus plantas rendido un león (1988); entre 1989 y 1990 escribió Una sombra ya pronto serás, llevada al cine de la mano de Héctor Olivera, al igual que No habrá más penas ni olvido; y, Cuentos de los años felices (1993).
Amanece con un cielo muy rojo, como de fuego, aunque el viento sea fresco y húmedo y el horizonte una bruma gris. Los dos hombres han salido a cubierta y son dos caras distintas las que miran hacia la costa, oculta tras la niebla. Los ojos de Stan tienen el color de la bruma; los de Charlie el del fuego. La brisa salada les salpica los rostros con gotas transparentes. Stan se pasa la lengua por los labios y siente, quizá por última vez en este viaje, el gusto salado del mar. Tiene los ojos celestes, pequeños y rasgados, las orejas abiertas, le pelo lacio y revuelto. Un aire de angustia lo envuelve y a pesar de sus diecisiete años está acostumbrado a fabricarse sonrisas. Ahora, lejos del circo, lejos de Londres, su cuerpo pequeño está rígido y siente que el miedote ha caído encima desde alguna parte.
Charlie, que frente al público es un payaso triste, sonríe ahora, desafiante y frío. Apoyado en la popa ha inclinado el cuerpo hacia delante, como si quisiera estar más cerca de Manhattan, como si tuviera apuro por asaltar al gigante.
-Mi padre ha dicho que el cine matará a los cómicos-ha dicho Stan.
Lo dice con amargura, porque ha recordado a su padre que también es actor y ha visto de frente la ansiedad de los curiosos, la desesperación de los fracasados, la alegría momentánea de una mueca; las ha visto mil veces, y lo ha contado mil veces en la mesa en la vieja casa de Lancashire. Las primeras luces surgen de la niebla y Stan sabe que ya no puede volver atrás, que cualquiera sea su destino, él está allí para aceptarlo.
-Matará a los cómicos sin talento-ha respondido Charlie, sin dejar de mirar a su compañero cada vez mas lejano, atrapado por las luces. Siente que la hora llega, que toda Norteamérica es un auditorio en silencio que espera verlo pisar la costa. Escucha las exclamaciones de asombro, los aplausos, los ¡vivas! De la multitud, siente que alguien lo abraza y llora. La sirena del barco lo sacude, le hace abrir los ojos claros que tienen más fuego que nunca y descubre a su alrededor el júbilo de sus compañeros de la troupe que festejan la llegada. Stan sonríe brevemente. Se tapa la cara con las manos porque una sensación vaga y molesta le toca el corazón y las tripas. Entre los dedos abiertos que enrejan sus ojos, mira a Charlie y siente que lo quiere como a nadie, porque sabe que está ante un vencedor.
Las lanchas se acercan al barco y lo remolcan. El día es luminoso y la niebla se ha levantado. Algunos actores tragan scotch y dan alaridos incomprensibles. Ellos volverán pronto a Londres, abrazarán a sus mujeres y a sus hijos y les narrarán las aventuras de la gira. Stan y Charlie no tienen pasajes de regreso. El barco se ha detenido y de la bodega emerge un ganado sucio y mugiente. Una a una las vacas pisan tierra americana y nadie les envidia su destino. Charlie ha encendido un cigarrillo y aguarda su turno en la escalinata .Ya no pertenece a la troupe.
Una ola de sangre caliente inunda las venas de Stan y su rostro se llena de vida. Adivina que Charlie está apostando por el éxito y la fama. De un bolsillo saca un puñado de chelines y los arroja con fuerza al mar. Se ha quedado solo y si pudiera verse, sentiría vergüenza.
-No van a matarme, papá-dice, y salta a tierra.
Fragmento de Triste, solitario y final.
Triste, solitario y final
Osvaldo Soriano
Seix Barral, Buenos Aires, 2003
Es libro se encuentra en la biblioteca Osvaldo Soriano, en Inclán y Muñiz, Boedo.