Archivo Enero 19, 2010

BIZANCIO FRENTE AL MAR ARGENTINO

Martes, Enero 19, 2010

Crónica de los primeros días del año en Mar del Plata, la ciudad balnearia donde conviven los estilos arquitectónicos y los personajes de los espectáculos de variedades.

Por Juan Fernández

No salimos muy temprano, como recuerdo que lo hacíamos con mi padre cuando íbamos de vacaciones a Mar del Plata, en los estertores de la década del setenta. Aquel día, primero de año de cada año, era de muchísima alegría para mí. Había que dejar las valijas listas de la noche anterior y, apenas despuntaba el sol, pasaba mi papá por mi cuarto cantando una canción popular, diciendo que había que levantarse, que nos esperaba el mar. Nosotros, ahora, salimos tarde. Las costumbres han cambiado y las cosas deben quedar hechas acá, en Buenos Aires, antes de irse. Tampoco resulta conveniente salir el propio primero, cuando tantos deciden irse para prorratear el alquiler de la quincena desde el primer momento.
El viaje fue tranquilo, un poco por la autopista que lo permite, otro poco por el triunfo de la tecnología del aire acondicionado y la música que acompaña. Mi niña miraba una película en la computadora. D. dormitaba. Otro mundo el que se vive en tan pocos años.
Llegamos casi de noche y nos sorprendió el ambiente de teatro de revistas que se da en las calles, con marquesinas exultantes, paparazzis y groupies que revolotean la puerta de las salas. La cena fue en casa y en paz.
A la mañana siguiente el cielo estaba tormentoso, por lo cual preferimos sumergirnos en los locales de juegos para niños (mi recuerdo de éstos primó, una Disneylandia criolla de mi infancia). Después, al escampar, paseamos por la peatonal, la catedral que está en obra, el hotel provincial que se está reabriendo, el Torreón del Monje. Mar del Plata, así lo pienso, parece un manual perfecto para el etnógrafo: cada época de nuestra Patria dejó marcas furiosas en la arquitectura, la literatura y las prácticas. Por citar, en trazos gruesos, la oligarquía de principios de siglo, con sus mansiones y sus arbolados; el peronismo de medio siglo, con los hoteles y las playas populares; la dictadura tilinga, con sus obras faraónicas a medio hacer y la música ringlera de media tarde.
Instituto UnzueCuando llegó el día de playa, agarramos los bártulos (sillas, juguetes, termo y mate) y nos fuimos para el lado norte, a la Perla, ahí donde Alfonsina Storni decidió internarse para siempre en el mar. Frente a la playa está el antiguo Instituto Unzué con su capilla de estilo bizantino, única en Latinoamérica. El edificio es impactante y fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1985 y se está reparando con fondos del Estado nacional. Vale la pena. El edificio fue donado, a principios de siglo, por las hermanas Unzué para que allí funcionase un asilo de huérfanos y, dentro de él, un oratorio. El proyecto fue llevado adelante por el arquitecto francés Louis Faure Dujarric. Las hermanas le pidieron que utilizara para su construcción los materiales más nobles. Dicho y hecho, el arquitecto decidió utilizar mármoles de Carrara y de Abisinia y de robles de Eslavonia. En dos años se levantaron los 10.000 metros cubiertos que tiene el complejo y se parquizaron los 7500 restantes. El instituto fue inaugurado el 8 de diciembre de 1911, día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, a quien se honra desde el altar del oratorio. De inmediato, las hermanas Unzué lo cedieron a la Sociedad de Beneficencia de la Capital Federal. Allí, promociones de niñas fueron alojadas, al cuidado de las Hermanas Misioneras Franciscanas de María. Después de décadas, las cosas se fueron abandonando, el Estado se quiso hacer cargo, las cosas que pasan fueron pasando. Pero ahí estaba el Unzué, frente a la playa que estábamos ese día de enero del flamante 2010, con D. y mi niña, haciendo edificios en la arena.
Los días siguientes fuimos a otras playas, al puerto, a la fastuosa calesita de la Plaza Colón, al Acquarium. El tiempo fue bueno con nosotros, como desde hace mucho tiempo sucede.
Nos volvimos a Buenos Aires y aunque acá hace calor, también está bien estar acá. Hay menos tránsito y en los bancos menos colas. Yo aprovecho para trabajar y el rato que sobra por la gente que no se halla, veo películas.