LA SEGUNDA CRUZADA
Lunes, Noviembre 23, 2009Hace unos meses este blog publicó una crónica de la Caravana de Chevys que se realizó en la Ciudad de Buenos Aires. Hoy se publica la segunda parte, una anticipación al futurísimo 2030 en donde se recordará como gesta la Caravana del pasado, un antecedente épico y valeroso.
“A simple vista puedes ver como borrachos en la esquina de algún tango a los jóvenes de ayer. ¡Míralos, míralos, están tramando algo!”
(“A los jóvenes de ayer”-Serú Girán-)
“Los expertos en el arte de defenderse saben ocultarse en las profundidades de la tierra; los expertos en el arte de atacar saben lanzarse como rayos desde las alturas del cielo”
(“El arte de la guerra” -Sun Tzu-)
Por César Rodríguez Bierwerth
Se dice de una raza de inmortales, cuyo medio natural serían las rutas, que de tanto en tanto suelen organizarse en violentas y sorpresivas demostraciones de poder atronando las calles de la ciudad con sonidos de mecánicas ancestrales hoy en desuso.
Un reporte de la prensa oficialista consignaba hacia mediados del año 2030: “No se sabe a ciencia cierta el porqué de tales actos de barbarie vial, que altera el orden establecido en una sociedad civilizada, pero lo cierto es que dichas manifestaciones producen en parte de la ciudadanía un cierto estado de fascinación contemplativa ante su paso, habiéndose incluso registrado espontáneas exteriorizaciones de apoyo a los mismos. Las autoridades de común acuerdo con el sector empresarial ven con suma preocupación este tipo de actos prepotentes, que no hacen más que contaminar el medio ambiente, incluso a niveles auditivos, tratando seguramente de recordar épocas de un pasado ya superado, cuya reivindicación resultaría una inocente utopía de unos pocos. Se estudian medidas al respecto. Ampliaremos”.
Los multimedios difundían el mensaje de temor en el aire y en las redes dado que, como se sabe, el miedo genera rechazo por el otro y justifica la represión.
Para el 2030 ya había entrado en vigencia la normativa que prohibía circular por las calles a vehículos particulares que tuviesen más de diez años de antigüedad, y que pesaran más de una tonelada. Reglas de consumo. Prácticamente no se fabricaban autos nafteros de calle y se trataba de estigmatizar a quienes manejasen ese tipo de vehículos como responsables de la polución ambiental. Todo ello a la vez que los polos petroquímicos se multiplicaban a lo largo y ancho del país, volviendo la atmósfera de las grandes ciudades por momentos casi irrespirable. Así, si bien la mayoría del parque automotor era ya de propulsión eléctrica, los niveles de contaminación seguían incrementándose.
Habían pasado ya más de veinte años desde que Thiago junto a su abuelo había contemplado con fascinación aquella caravana de Chevys del cuarenta aniversario. Aquel día había comprendido que las épicas historias de autos majestuosos como tigres que el anciano solía relatarle no eran menos que ciertas. Desde entonces soñó con ser el dueño que algún día mereciera una de estas heroicas naves. Y así creció. Inmerso en un mundo de fantásticas historias que imaginaba donde su abuelo lo nombraba caballero y a modo de forjada Excalibur le entregaba las llaves de su propia Chevy, a la cual dibujaba y garabateaba con torpes trazos en sus cuadernos de escuela. Sus maestros, incluso, manifestaron cierta preocupación citando a sus padres en alguna oportunidad, dado que el menor no prestaba atención en las clases y se mostraba distraído en forma constante. La prueba documental de tales imputaciones fue un compilado de dibujos de autos de otras épocas, previamente decomisado al menor, que tenían franjas y ruedas grandes. Desde ya, los padres aclararon que tales desviaciones se debían a la negativa influencia que sobre Thiago ejercían los viejos y repetidos cuentos de su abuelo, a quien culparon como autor intelectual de tal conducta.
Pero de todos modos, en forma casi clandestina, el nieto siguió pidiéndole a escondidas al anciano que le contara más y más misteriosos relatos de aquellos tiempos en los que había sido joven. Una tarde de verano, incluso, a orillas del río Carabelas en el Delta, en unas vacaciones gasoleras, el abuelo le confesó a su nieto que cierta vez estuvo a punto de poder comprarse su añorada Chevy cero kilómetro, todo un lujo para la época, pero que por un fenómeno económico llamado “rodrigazo” o algo así, sus ahorros no fueron suficientes para tan noble fin. Años más tarde la General Motors se iría del país y el progresivo deterioro de la clase media hizo que ese sueño se volviera imposible.
Fue recién después de cumplir sus treinta años que Thiago pudo comprarse su cupé Chevy SS. Para ese entonces su abuelo ya no estaba. Muchos lo creyeron loco, dado que nadie querría un auto que tuviera prohibición de circular por su antigüedad y su peso, pero, lo cierto es que ni bien le dio arranque a su cuadriga legionaria, con esa soñada llave de cabeza rectangular, escuchó ese sonido que tanto tiempo había imaginado: el rugido cavernario del monstruo primitivo de la planta de San Martín. Y automáticamente vino a su cabeza como un flash parpadeante en película de súper 8, una secuencia de imágenes de un país que el mismo no había vivido: cientos de obreros sonrientes ajustando engranajes y apretando tuercas en prósperas fábricas, hileras interminables de Chevys y 400 saliendo de su planta de fabricación, trabajadores con sus familias festejando navidades con el aguinaldo recibido y el orgullo de ser parte del armado de esos símbolos de la Argentina industrial. Todo ello, claro, fue antes de la partida de las grandes empresas automotrices a San Pablo donde luego comenzaron a ensamblarse componentes sintéticos. Pero Thiago lo vio todo por un instante… alguien se lo habrá contado.
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