LA REINA DE LAS ABEJAS
Jueves, Noviembre 12, 2009Nos mudamos de Augsburg hacia las afueras, al campo, a un pueblucho llamado Lützelheim. No estoy precisamente feliz con ello. No, más bien lo contrario. Extraño a la ciudad y mi escuela, y a mis amigos. Para colmo, tengo que presenciar los desvaríos de mi padre. Quienes no entienden nada de la vida de campo, como él, deberían dedicarse a otra cosa. En serio, realmente hace un papel muy triste. Ya no puedo seguir viendo esto, por lo tanto me escapé. Ahora estoy sentado en la casa del árbol, al borde del bosque, desde donde lamentablemente, puedo seguir viéndolo bastante bien.
La casa del árbol es mi lugar preferido. No la construí yo; no he vivido lo suficiente en Lützelheim como para haberlo hecho.
La casa pertenece a Joaquín Sailer y a su tropa: seis chicos y una chica en equipos de combate, borceguíes y gorras militares. Tan pronto aparezca la tropa de Sailer enfundada en su vestimenta de camuflaje verde oliva, tendría que escaparme enseguida. De ser necesario, saltaré; ahí abajo el pasto es blando. (…) Yo me podría encariñar tranquilamente con este lugar, de no ser por un par de cosas que me amargan la vida. Por ejemplo, la tropa de Mailer. Ellos no aceptan civiles. Yo soy civil porque no tengo un traje de combate verde oliva, ni una gorra militar, ni borceguíes.
Mi padre, al que le supliqué que me lo comprara, lamentablemente se puso furioso al instante.
Me dejó bien claro que de ninguna manera gastaría dinero en semejantes tonterías.¡Bueno sería que justamente él, que se había negado a hacer el servicio militar, equipara a su hijo con jueguitos de militares!
A mi madre tampoco le gustó mucho esa idea. Esas ropas le parecen horrorosas, porque le recuerdan la guerra.
-¡Qué cosa que los chicos quieran andar por ahí con esa ropa!- dijo, sacudiendo la cabeza-. Y las chicas también…
¿Qué chicas? Mi madre habrá visto a Arabella. Sólo ella está con la tropa. Ninguna chica más. La aceptaron porque consiguió la ropa. A mí no me aceptan. (…)
La llegada de la primavera también se advierte claramente en la ciudad. Pero aquí, en las afueras es la más genuina explosión de verde, amarillo y blanco bajo un resplandeciente cielo azul. Cuando nos mudamos a la casa hace tres meses -en febrero-, el paisaje tenía un aspecto gris y desolado y yo no podía imaginarme que algo así podía cambiar. No había motivos para sentirme a gusto en Lützelheim. Todos mis compañeros se habían quedado en Augsburg, y con la tropa de Sailer tampoco pasaba nada. Desde el comienzo pude observar todas las tardes desde mi ventana cómo se encontraban en la casa del árbol y luego desaparecían en el bosque. Joaquín Sailer, el líder, está en mi clase, y yo le he preguntado un par de veces si podía acompañarlos. Pero me dijo que no, que recién cuando consiguiera la vestimenta podríamos hablar sobre mi incorporación a la tropa.
Desde que están construyendo un búnker en algún lugar del bosque, muy pocas veces juegan en la casa del árbol. Eso del búnker seguramente debe ser una cosa formidable. (…)
Extiendo mi cuerpo sobre el piso de la casa del árbol y cierro los ojos. Tal vez se me ocurra algo. A mi alrededor los pájaros trinan sin cesar. Su canto me adormece.
Pero… ¡un momento! ¿Qué fue eso? Un pájaro no, por cierto. Se siente un leve crujido, un crepitar de hojas. Es cierto que los pájaros a veces se ponen a escarbar por ahí, ¡pero no susurran!
Me incorporo de golpe. También saltaría si pudiera. Pero mis pies están atrapados. Nada menos que en las manos de Joaquín Sailer. Además alcanzo a ver su cara de satisfacción debajo del casco de acero. Está rojo como un tomate y bañado en un sudor brillante.
-¡Tengo al espía!- grita. Después me tira de los pies arrastrándome hacia abajo, implacable.
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Insectos al rescate