Un libro de aparceros
Jueves, Febrero 19, 2009La oración “Lot Motun llamó a su perro”, tenía un toque cáustico y seco que seguido de “el perro levantó las orejas y con el rabo entre las patas se acercó a su amo.”, le daba al párrafo la salida que precisaba.
“Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revocó con él en el barro.” A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la había encontrado mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y los echó a fuego.
-Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma-le dijo la señorita Lucía más tarde-. Fue horrible, pero ya sabes como se comporta Garner. Lo he quemado.-Y luego con una risita ahogada añadió-: Estaba segura de que no podía ser tuyo.
La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial, porque no quería pedirlo en la biblioteca.
La cosecha
Flannery O’Connor
La ilustración es de Tomás, de la biblioteca La Voluntad del Cielo, Mataderos.