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Martes, Septiembre 30, 2008Dudó un instante frente a la ventanilla. Finalmente, frente a la mirada inquisidora del boletero se decidió: “Uno a Resistencia, ida solamente.” Dolía. Preguntó donde estaba el andén y hacia allí se dirigió. “Dentro de veinte minutos”, le habían indicado, y sobraba el tiempo para encender un cigarrillo y tratar de no pensar. Cuando subió al tren, clase turista, ubicó su valija y se acomodó en un asiento doble en el que, aparentemente, viajaría solo.
Con un poco de retraso, cosa cotidiana, el armatoste arrancó con chirridos y ruidos que alertaban sobre la antigüedad del transporte, hasta convertirse en el ronroneo típico y acompasado que invitaba al sueño. Fue entonces que su mente rompió barreras y los recuerdos fluyeron atravesándolo.
Tres años y pico, hacía ya tres años y pico que Floreal (nombre de tango, decía el viejo) había dejado el pueblo lleno de esperanzas en busca de un futuro. Nacido en Roque Saenz Peña, pueblo del Chaco, tuvo una niñez moderadamente alegre, donde las carencias no estaban demasiado a la vista, y cuando a los doce comenzó a trabajar el campo con la familia, padres, cinco hermanos varones y dos mujeres, lo asumió como algo normal. Más tarde cuando tomando mate y escuchando radio (el viejo no se perdía el “Glostora Tango Club”), comenzó a tararear a dúo y luego completar con la letra de las canciones, la familia y los amigos empezaron a elogiar su voz y su decir y él a empilchar de negro con pañuelo al cuello y brillantina en el pelo y cuando a los diecisiete lo aceptaron en varios boliches para amenizar la velada, decretó que su destino estaba marcado.
De Saenz Peña a Resistencia, donde la ambición podía hacer poca escala y finalmente, con el apoyo de los cercanos, el sueño mayor: Buenos Aires. Tomó el tren una mañana con unos pesos y algunas pilchas, con recomendaciones para algunos contactos, besando mejillas y haciendo promesas, mientras en su interior el niño que todavía subsistía se estremecía de miedo, sujeto por el orgullo y la esperanza.
La ciudad lo acogió, como solía hacerlo, con frialdad y desconfianza. En conversación con algunos coterráneos había conseguido la dirección de una pensión mezquina, donde las habitaciones se compartían entre varios, el baño estaba al fondo del pasillo y todo estaba vigilado por una matrona que lo único que aportaba era su presencia al principio de la semana para cobrar el alquiler. Averiguó algunos lugares donde se podía comer barato y comenzó el peregrinaje. Sus contactos lo mandaron con cartas de recomendación a varios piringundines cercanos al puerto cuya clientela era mayormente marineros de paso en busca de diversión por una noche o algunas horas. Dio varias pruebas y finalmente lo tomaron pagándole con la comida y algunos pesos. Así comenzó a actuar delante de tan selecto auditorio mientras una minoría, un poco cargada de copas, lo aplaudía con el mismo convencimiento que lo hubiera hecho ante un malabarista sin los instrumentos adecuados.
El tiempo se deslizó sin pausa, mientras Florián salía de su adolescencia y maduraba prematuramente, haciendo amigos en la pensión, repartiendo pesares y alegrías, estrenando su primer noviazgo con la hermana de uno de los muchachos y ayudando sus entradas con changas fortuitas.
El problema mayor fue la correspondencia. La familia solía escribir de la mano de Juan, el mayor, que lo hacía de corrido, reclamando cada vez con mayor énfasis que contase de sus adelantos y cómo le estaba yendo, que no fuese mañoso y se guardara las cosas que ellos esperaban impacientes. ¿O se estaba olvidando del pueblo? Y la mentira surgió sola: que cada tanto se le daban nuevas oportunidades, que vivía cómodo, que tal vez un día de estos aparecería en la radio, y cuando pudiera se daría una vuelta por allí.
Constancia no le faltó. Acudía a todo concurso, casting, o rumor que se corría, aguardaba la llamada, que no se produjo, y, por falta de preparación o de talento, el tiempo transcurrió y el cansancio y la amargura se fueron apoderando de su autoestima y crucificó su esperanza. Empezó a rondarlo las ganas del retorno, de los afectos, de lo conocido. El poder relajar la incertidumbre y asentar el alma.
Sólo el temor y la vergüenza de presentarse vencido y humillado, afrontando la mirada de su padre, saber que esta derrota iba a sentirse como propia en la familia, demoró la decisión hasta la noche anterior en que el dueño del local se acercó a él y, con incomodidad, dijo: “Lo siento, pibe, pero a partir del primero empezamos a renovar el repertorio y se viene la salsa” .
Se despidió de su novia (“Te llamo desde allá”, la verdad era que con la malaria la relación se había enfriado bastante); preparó la valija, se abrazó con sus compañeros de pieza deseándoles suerte y partió.
Ahora, con dolor de estómago y casi el mismo temor con que se había ido atisbó por la ventanilla el andén que se acercaba, el cartel que en blanco y negro anunciaba “Resistencia” y se preparó para afrontar otro desafío. El viejo diría “volver con la frente marchita…”, y él ni siquiera podría acompañar a dúo.
Fanny Lubowski
Este texto fue escrito en el marco del curso de Literatura y periodismo organizado por el Programa Bibliotecas para armar.
La ilustración es de Emilia, de la biblioteca Emanuel, Villa 21, Barracas.