Recuerdos de viajes: la Isla de Ústica
Martes, Septiembre 9, 2008Mi padre luego de muchos años nos llevó a conocer su patria, más precisamente Sicilia, donde nació y vivió hasta los 19 años. Nos llevó a reencontrarse con sus padres (nuestros abuelos), una hermana, tíos, primos etc. Aunque han pasado muchos años todavía conservo los paisajes del lugar que impresionaban a simple vista, con sus montañas, con muchas flores pincelando el camino. El viaje en tren por la costa y las montañas, con esos túneles que las atravesaban, con sus casas apiñadas, con los angostos pasillos que suelen ser calles.
Pero quiero recordar el momento de más emoción, por ese espíritu aventurero de inconciencia de los 15 años. Mi padre quiso ir a la Isla de Ustica, donde había ido con el abuelo cuando era niño. Junto con el Zio Mario, mi papá, mi hermano y yo, salimos desde el pueblo de mi padre, Zorrentini, y nos dirigimos hacia Palermo, una hermosa ciudad en la que conviven desde hace siglos culturas diversas, desde los árabes, hasta los españoles , normandos, bizantinos y franceses reflejándose en la arquitectura y en las costumbres de los lugareños.
Ya en Palermo, salimos desde su puerto hacia la Isla de Ustica, que se encuentra a un poco más de 60 kilómetros al noroeste. Al llegar a la isla, que es de origen volcánico, me maravillé con la entrada al pequeño puerto, con las hondonadas montañosas, en diferentes niveles y su pequeño casco urbano que está formado en semicírculo, mirando hacia el mar, con la plaza central de una belleza inmaculada, con la paz inamovible de los habitantes, de sus barquitos de pescadores flotando en la orilla: un encantador pueblo de pescadores que disfruta de un sol espléndido de aguas cristalinas y en sus costas rocosas se abren muchas grutas (La Grotta Segreta, La Grotta Azzurra, y otras).
Después de todo un día de estadía y, mientras mi padre y mi Zio Mario quedaron en el pueblo haciendo sociales con los lugareños, nuestra curiosidad por ir hasta la gruta a conocer era inmensa, y más al saber de la caverna submarina. Sin pensarlo, mi hermano y yo salimos hacia el lugar. Encontramos un pequeño acantilado, por donde bajamos, miramos un pequeño risco que caía en el mar divisándose en el fondo un arco de entrada de unos 20 metros de ancho que se veía perfectamente desde donde estábamos parados. Sabíamos que buceando hacia su interior saldríamos dentro de la caverna, pero no sabíamos el tiempo de inmersión que nos tomaría. Habíamos escuchado que si aguantábamos casi 40 segundos estábamos dentro. Y así fue que nos tiramos de cabeza (haber ido a la pileta del club desde chiquitos ahora tenía sus réditos). El agua del Mediterráneo era tan transparente que nos permitía ver diferentes peces de colores que ignoraban nuestra presencia. Al fin salimos a la superficie, ya dentro de la gruta, que era bastante grande, y nos quedamos un instante sobre la orilla, perplejos mirando nuestro entorno, sobre el techo entraban los rayos del sol, que penetraban por los orificios, dándoles una gama multicolor a las paredes rocosas y reflejando un azul intenso sobre el agua.
Con mi hermano regresamos a nuestro lugar, y antes de llegar a casa donde nos hospedábamos, nos encontramos con el mismo señor que nos había dicho que si aguantábamos 40 segundos pasábamos para el otro lado, nos dijo:
-Chicos no hace falta que vayan por el mar, ya que pueden ir por la parte superior. Cualquier lugareño los puede guiar hasta la gruta, pero ustedes se fueron tan rápido que no me dejaron terminar de hablar.
-Gracias –dijimos-, lo tendremos en cuenta para la próxima vez.
José Faranda
Curso de Literatura y periodismo del Programa Bibliotecas para armar.
La ilustración es de Lucas, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.