Supervivencia
Lunes, Septiembre 8, 2008
Eduardo empujó la puerta del desván con dificultad. Por fin había juntado la voluntad para decidir hacer la limpieza tantas veces pospuesta. Sin poder delegar en nadie la tarea, ya que se necesitaba cierto criterio para hacerlo, había ido postergándolo hasta hoy, en que el ultimátum de Silvia, necesitada de espacio, había oficiado de empujón. Cuando apretó el botón de la luz sintió que el desaliento se apoderaba de él. ¿ Cuando y cómo se juntó tanta cosa? se preguntó. Pero ya estaba allí y suspirando comenzó la selección. Los recuerdos de la infancia de sus hijos no resultaron fáciles, los muebles, la ropa de todo tipo que se suponía debía tener un destino benéfico, revistas de colección, libros nunca desembalados de las distintas mudanzas, y, casi sin pedir permiso, el enorme baúl que conservaba las apreciadas pertenencias del abuelo. Hizo un paréntesis, pensó por un momento en el anciano que convivía con ellos, se conmovió mientras divagaba qué poco había quedado de una vida tan plagada de avatares y, con un dejo de curiosidad y bastante culpa, abrió el pasado. Muchas fotografías color sepia con personajes desconocidos y un abuelo joven y lleno de vida, fue lo primero que se abalanzó sobre él como si se retrotrayera en el tiempo y el espacio. Algunas prendas de vestir, cuadernos, cartas, que no se atrevió a violar, y, cuando con un dejo de incomodidad, volvió a poner las cosas en su primitivo lugar, un sobre en blanco se separó prolijamente del resto y cayó a sus pies. Eduardo lo recogió y cuando iba a colocarlo con el resto algo lo sacudió y sus manos adquirieron autonomía cuando en lugar de ello abrieron la solapa y tomaron el escrito. Se sentó y lo observó. No tenía encuadre de carta, aunque estaba fechado, y cuando su mirada recorrió la primera línea, supo que el pudor había desaparecido y llegaría hasta el final. Decía así:
“Berlín, diecinueve de Mayo de 1940. Estoy sentado en la sala, en la oscuridad y solo. Son las dos de la mañana y hoy, ahora, termino de definirme como persona. Mi nombre es Simón Weiss aunque se me conoce como Günther Sass. Nacido en el seno de una acaudalada familia judía, dueña de acerías, viví una niñez y una juventud privilegiada, que no hacía prever el después. En el turbio acontecer de los años veinte y treinta tomé conciencia de mi origen y su historia. Desde la canastilla flotante de Moisés, hasta llegar a ser recogido por manos soberanas; la posterior epopeya, la llegada de la Inquisición a toda Europa, con asimilaciones masivas pero resguardando en la clandestinidad la religión y las costumbres; hasta la actualidad en que un genocidio está en ciernes, he protegido mi integridad y la de mi familia con todas las herramientas a mi alcance.
Mis padres, como la mayoría de los hebreos alemanes, siempre fueron más alemanes que judíos y eso sumado a su posición les permitía estar asociados a las más altas esferas, juntando negocios y actividades sociales. Cuando en 1933 asumió el gobierno del Führer, ya estaba yo a cargo de nuestra fábrica de acero y entendí que la única manera de preservarnos era negociar y simular. Cuando el 9 de Noviembre de 1938 sucedió lo que se ha dado en llamar “la noche de los cristales rotos” (más de doscientos muertos, más de mil judíos trasladados a campos de concentración) , supe que debía buscar la salida del país de cualquier modo y mientras tanto sobrevivir como fuera y a cualquier costo. Con un gobierno plagado de corrupción y aceitadas relaciones con el régimen (éramos proveedores imprescindibles de materia prima), logré una precaria nueva identidad y colaboré despidiendo empleados de origen “dudoso”, alejando amigos de años, ignorando desapariciones y frecuentando solo aquellos círculos inmaculados, rodeado de uniformes e información. Mi esposa acompañó mi decisión y los niños eran muy pequeños para percatarse de nada. Mis padres, a quienes veía muy poco, por precaución, terminaron en Treblinka y no sé nada de ellos. Ya están en marcha los contactos y los planes para huir a América, que espero lleguen a buen término. Me pregunto que me ha impulsado a narrar esta noche mi historia y a volcarla sobre el papel, y sé que la carga es ya demasiado pesada y que esta madrugada, son ya las cuatro, se sella para siempre mi conciencia.
Cuando los Schmidt, vecinos del piso superior, conocidos de siempre, me hicieron partícipe de que habían dado refugio a un matrimonio judío muy amigo, los odié. Deposité en ellos toda la carga de la culpa que intuía traería el futuro. Y el futuro es hoy. En la mañana de ayer me comuniqué con un conocido general de las SS y puse en su conocimiento esta situación. Reconozco que no fue excesivamente traumático. Ahora espero. En la escalera escucho el sonido de las botas. Ya están aquí. Pasan delante de mi puerta y se dirigen arriba. El pesado golpe que derrumba la entrada y los gritos pidiendo misericordia y el maltrato y las amenazas y el olor del miedo traspasando las paredes. De pronto veo a mi esposa que me observa interrogando con la mirada y destilando angustia. Con un gesto la tranquilizo. Los coches han arrancado velozmente con el chirrido típico y todo es silencio. ¿Yo? No lo sé. Espero que sea el principio y no el fin.”
No lleva firma, pensó Eduardo, con la mente confundida y la esperanza al acecho. Con el papel en la mano, mirándolo fijamente sin ver, mil pensamientos y todavía sin entender, con un gesto compulsivo prácticamente tiró la nota dentro del baúl y lo cerró de golpe. Se puso de pie y en ese momento escuchó abrirse la puerta del desván y en el marco, a contraluz, la silueta del viejo, el bonachón, amoroso abuelo y bisabuelo que sus hijos adoraban tanto como él mismo, que había llegado a América en 1940, exactamente el 10 de Octubre, huyendo del nazismo y junto con su familia y su dinero recibido con beneplácito por el gobierno de aquel entonces, construyendo sus empresas y ampliando su familia.
“¡Edu!” oyó que lo llamaba.”Sí, abuelo, aquí estoy” se escuchó responder. Y mientras el anciano explicaba que ya caía la tarde y le agradaría dar un paseo del brazo de su nieto, éste lo observaba, decadente, apoyado en su bastón, con algunos mechones de pelo blanco en sus sienes y el rostro surcado de profundas arrugas, la espalda encorvada y ningún indicio de molestia que no fuese física.
Eduardo subió la escalera y tomando a su abuelo del brazo lo guió hacia los jardines y mientras el viejo contaba antiguas anécdotas o hablaba de las novedades del día, comprendió que él también debería optar. Y que la opción no iba a ser sencilla.
Entonces supo que aquella noche subiría al desván y rompería el escrito y con él el pasado. Y sintió que algunas cosas, indudablemente, se heredan.
Fanny Lubowski
El presente texto fue compuesto en el marco del Curso de Literatura y periodismo organizado por el Programa Bibliotecas para armar en la Biblioteca “Alberto Gerchunoff” de la Asociación Hebraica.
La ilustración es de Magalí, de la biblioteca Bartolomé Mitre, Villa Lugano.
