La tercera conversación con una escritora que publicamos en Libro de arena es con Lucía Laragione, autora de libros como El mar en la piedra, Tratado universal de monstruos, Amores que matan y el flamante El loco de Praga. La autora abordó temáticas familiares, sobre el oficio de escribir y sobres los trabajos venideros. Como los anteriores, este reportaje público se desarrolló en el Museo Parlamentario del Senado de la Nación y fue moderado por el también escritor y docente Mario Méndez.
La mano que arranca las hojas del calendario no había dado aún con el jueves 1ro. de noviembre de 2007 pero sabía que eso era inminente. En esos comienzos de mes, antes del inviernito de no se sabe quién, hacía calor.
Mario Méndez: Buenas tardes. Como verán, estamos con Lucía Laragione, autora de la que hemos hablado el jueves pasado bastante de su vasta y versátil carrera literaria. Incluso leímos acá el cuento “Mantícora” y nos gustó a todos; algunos ya lo conocían y los que no, lo conocieron el jueves pasado. Decía de la versatilidad, para empezar, que es el primer punto que quería tocar en esta suerte de entrevista pública. Vos sos poeta, cuentista, novelista y dramaturga.
Lucía Laragione: Tanto no. Poeta…, pese a que he publicado dos libros de poesía, que son mis dos libros iniciales, la verdad que no me considero. Me parece que es un sustantivo o adjetivo muy grande. Me parece que la poesía es una arte muy difícil y verdaderamente no es a lo que me he dedicado aunque haya tenido la “caradurez” de haber empezado por ahí. Yo siempre digo que soy narradora y dramaturga, así suelo presentarme.
M. M.: Además de esos dos libros de poesía, lo primero que publicaste fue La bicicleta voladora y Llorar de risa. Curiosamente, empezamos con un tono humorístico, ¿no?; después hay de todo, está el terror, incluso el compromiso social y político. ¿Cómo fue la llegada de La bicicleta voladora y de Llorar de risa?
L.L.: Yo creo que tuvo mucho que ver en mi gusto para escribir literatura infantil y juvenil mi contacto con Álvaro Yunque. Creo que esta presencia fue muy importante en mi historia. Yo leía mucho, a mí me gustaba mucho leer, en mi casa había muchos libros, era como algo natural. Y además había presencia de escritores, y, entre ellos, la presencia particular de Álvaro Yunque. Ésa era una presencia realmente especial, porque él parecía un personaje de cuento: era un hombre muy alto, con una cabellera blanca y muy poblada, con una voz gruesa. También era muy simpático. Y era fantástico leer las cosas de él y tenerlo cerca, era muy amistoso y muy cariñoso. Él venía en bicicleta y me llevaba de pronto a dar una vuelta manzana. Así que yo creo que este contacto fue importante. Y otro contacto importante fue el hecho de que en la escuela secundaria yo fuera compañera de Elsa Bornemann. Porque cuando yo era adolescente sostenía que iba a ser actriz. Tanto es así que cuando terminé la escuela secundaria ingresé al conservatorio de arte escénico. El hecho de haber conocido a Elsa… Elsa tenía una definición muy clara de su vocación, de su decisión de vida, ella estaba segura de que iba a ser una escritora. Ella, además, estaba decidida a dedicarse a la literatura infantil, no tenía ninguna duda. Creo que estas dos presencias fueron para mí importantes. Incluso, cuando a mí me publican La bicicleta voladora, quien me vincula con Graciela Montes, que era la editora en ese momento de la colección, es Elsa. Por eso creo que además está homenajeada en mi biografía. Ella ya era escritora, ya estaba segura, y lo era. Era sorprendente lo que escribía ya en ese momento.
M.M.: Yo el jueves pasado conté algo de ese costado maravilloso de tu infancia; sos la hija de Raúl Larra, escritor, poeta, editor.
L.L.: Novelista, poeta tampoco. Era fundamentalmente novelista. Narrador.
M.M: El mar en la piedra se editó primero en la editorial El Quirquincho y después se editó en Alfaguara. En ésta, la primera, dice “Al tío Nicolás, poeta….”. Contanos.
L.L.: Pues sí, como Mario se nota que sospecha, elegí dedicársela a Nicolás Guillén, a quien tuve el privilegio de conocer justamente porque mi papá era su amigo. Cuando visitó la Argentina, en 1956, vino a mi casa a almorzar. Mi papá me había traído una foto de él, muy linda, y él me la dedicó, me puso: “Para Lucía, recuerdos de su tío Nicolás”. Esta foto la enmarqué y la puse en la cabecera de mi cama, y cada noche, antes de acostarme, le daba un beso. Así nació el culto por mi tío Nicolás.

M.M.: Y volviendo a tu biografía, ¿qué pasó con la temprana vocación de actriz?
L.L.: Hice un par de obras, trabajé en un espectáculo en el Teatro Auditórium de Mar del Plata, del cual la asistente de dirección era Aída Bortnik. También hice teatro en francés, porque yo estudiaba francés en la Alianza Francesa, y ahí había una profesora maravillosa que daba unas clases de literatura francesa sobre Racine y otros autores espectaculares. Ella, además, dirigía un grupo de teatro. Ella hizo una pieza en la que yo trabajé también. Éstas fueron mis experiencias. Estudié también un año y medio en el conservatorio de arte dramático. Me acuerdo que en mi primer ingreso al conservatorio -yo era muy jovencita, tenía 18 años-, con el primero que me encontré fue con Antonio Gasalla y me asustó. Porque ya tenía esas ojeras, los pelos así parados. “¿Dónde me metí?” pensé. Hice todo el primer año y parte del segundo y ahí decidí que no iba a ser actriz. Pero bueno, esta experiencia fue lo que también me llevó después a escribir teatro.
M.M.: ¿Fue poco tiempo después?
L.L.: No, mucho después. Pero los autores de teatro solemos decir, los que no somos actores, que en realidad nos gustaría ser actores pero no nos animamos. Porque un autor, de alguna manera, es un actor que hace de todos los personajes pero en su escritorio.
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