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En recuerdo del natalicio de Frank Baum, autor de El Mago de Oz, Libro de arena publica un comentario de lectura junto con un fragmento del texto.
Por Pía Chiesino
Con El Mago de Oz, me pasó algo no habitual. Vi la película mucho antes de leer la novela. La novela la leí siendo adulta. Como pasa en la mayoría de las ocasiones el libro “dice” mucho más. Y nos enfrenta con situaciones desconocidas. Si bien el grupo original de Dorothy, su perro Toto, el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el León es el mismo, la novela nos brinda información sobre los personajes que es nueva y la historia es más compleja.
Nos enteramos de que Dorothy es huérfana y que los tíos con quienes vive son personas que no ríen nunca. Nos enteramos de que el Hombre de Hojalata era un leñador, un hombre de carne y hueso, y que es de hojalata porque su hacha, embrujada, (por pedido de los padres su novia), lo descuartizó, y fue posible reconstruir todo su cuerpo, excepto el corazón.
Y algo que me pareció notable (imposible que apareciera en la versión cinematográfica, quizá por tratarse de una comedia musical) es que, como en todas las grades novelas juveniles, en el viaje a la Ciudad Esmeralda, los personajes corren riesgos.
Algunos de esos riesgos (o pruebas que tienen que superar), son menores: tener que atravesar un campo de amapolas sin dormirse, por ejemplo.
En otros momentos, la vida del grupo y la posibilidad de conseguir lo que desean, está en riesgo. Se presentan situaciones en las que, la disyuntiva es entre la vida de ellos, o la de los personajes que envía la Maligna Bruja de Occidente, para impedir que lleguen a Oz y esclavizarlos. Y en esos momentos, los personajes matan a sus antagonistas.
La novela, como todas las grandes historias, no presenta una realidad en la que los personajes son buenos o malos. Son complejos. El mismo “mago”, es un mentiroso, que consigue “cumplirle” los deseos a cada uno, de manera bastante discutible, y, puntualmente, en el caso de Dorothy, ni siquiera consigue enviarla nuevamente a su casa. Él se va en un globo aerostático (se supone que hacia el “mundo real”, el mismo del que ha llegado ella) y la abandona.
El supuesto mago no es tal. No tiene poderes para concederle deseos a nadie. En realidad, los personajes crecen y consiguen tener “cerebro”, “corazón” y “valentía” pero cada uno ya tenía en sí mismo, parte de lo que “recibe”.
La novela tiene momentos en los que se presentan al lector grandes problemas: el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata discutiendo sobre la mayor importancia del corazón o del cerebro para ser felices, están presentando la vieja discusión entre los defensores de la emoción, y los de la razón.
El Mago de Oz es una hermosa novela, y tiene el final que corresponde. Glinda, la bruja buena del Sur, ayuda a Dorothy a regresar a Kansas, a la casa de sus tíos. Aunque en Kansas no haya brujas buenas o malas, espantapájaros que hablan, ciudades de porcelana o esmeralda, y caminos de ladrillo amarillo…aunque sea un paisaje seco, en el que se vive con el riesgo de ser víctimas de los ciclones, es el único lugar al que Dorothy desea regresar.
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“En busca del Gran Oz”
Aquella noche se vieron obligados a acampar en medio del bosque, debajo de un
árbol gigantesco, pues no se veía vivienda alguna por los alrededores. El árbol los protegió muy bien del rocío, y el Leñador cortó una buena cantidad de madera con su hacha, mientras que Dorothy hizo una espléndida fogata que la calentó bastante, haciéndola sentirse menos sola. Ella y Toto comieron los últimos restos del pan, y la niña se dio cuenta ahora de que no habría desayuno para ellos.
-Si quieres, me adentraré en el bosque y mataré un ciervo para ti -ofreció el León-.
Puedes asarlo con este fuego, ya que tienes esa costumbre tan rara de cocinar las viandas, y así tendrás un buen desayuno por la mañana.
-¡No! ¡Por favor, no! -rogó el Leñador -. Seguro que me pondría a llorar si mataras a un pobre ciervo, y entonces se me oxidaría de nuevo la mandíbula.
Pero el León se internó en el bosque a buscar su propia cena, y nadie supo nunca qué comió esa noche, porque no lo dijo. Y el Espantapájaros halló un árbol lleno de nueces que puso en la cesta de Dorothy a fin de que no pasara hambre por un largo tiempo. A la niña le agradó mucho esta atención tan bondadosa del Espantapájaros, aunque rió a más y mejor al ver su torpe manera de recoger las nueces. Sus manos rellenas eran tan poco ágiles y las nueces tan pequeñas que dejó caer tantas como tantas puso en la cesta; pero al Espantapájaros no le preocupó el tiempo que le llevara llenar el recipiente, ya que esto lo mantenía alejado del fuego, pues la verdad es que temía que saltara una chispa y lo consumiera por completo. Por ello se mantuvo a buena distancia de las llamas, y sólo se acercó a Dorothy para cubrirla con hojas secas cuando la niña se acostó a dormir, lo cual la mantuvo abrigada y cómoda hasta la mañana.
Al amanecer, Dorothy se lavó la cara con el agua de un arroyo cantarino y poco
después partieron de nuevo hacia la Ciudad Esmeralda.
El día iba a ser muy ajetreado para los viajeros. No habían caminado más de una
hora cuando vieron ante ellos una gran zanja que cruzaba el camino y parecía dividir el bosque en dos partes hasta donde la vista alcanzaba. Era muy ancha y cuando se acercaron cautelosamente hasta el borde, observaron su gran profundidad y las numerosas piedras afiladas que salpicaban el fondo. Sus costados eran tan empinados que ninguno de ellos podría deslizarse hasta abajo o subir de nuevo por la parte opuesta, y por el momento pareció que allí iba a terminar el viaje.
-¿Qué hacemos ahora? -suspiró Dorothy.
-No tengo la menor idea -dijo el Leñador, mientras que el León agitaba su melenuda cabeza y parecía sumirse en profundas meditaciones.
-Es seguro que no podemos volar -dijo por su parte el Espantapájaros-. Tampoco
podemos bajar al fondo de este zanjón tan profundo. Por lo tanto, si no podemos saltarlo, tendremos que quedamos donde estamos.
-Yo creo que puedo saltarlo -expresó el León Cobarde luego de medir la distancia
con la mirada.
-Entonces estamos salvados -aprobó el Espantapájaros-; tú puedes llevarnos sobre tu lomo a todos nosotros, por una vez.
-Bien, lo intentaré -asintió el León-. ¿Quién irá primero?
-Yo -se ofreció el hombre de paja-, porque si no lograras salvar esa distancia,
Dorothy podría matarse o el Leñador se abollaría todo contra las piedras de abajo; pero si me llevas a mí eso no importaría mucho, ya que la caída no me haría daño alguno.
-Yo mismo tengo un miedo terrible de caer -confesó el felino-. Pero supongo que no queda otra alternativa que intentarlo, así que monta sobre mi lomo y haremos la prueba.
El Espantapájaros se instaló sobre el lomo del León, y la enorme fiera fue hasta el
borde del barranco y se agazapó.
-¿Por qué no tomas impulso para saltar? -preguntó el hombre de paja.
-Porque los leones no lo hacemos así -fue la respuesta.
Después dio un tremendo envión, voló por el aire y fue a posarse con gran suavidad en el otro lado del zanjón. Todos se sintieron encantados de ver la facilidad con que lo había hecho, y después que el Espantapájaros se apeó de su lomo, el León volvió a saltar
sobre la fisura.
Como decidió ser la próxima, Dorothy tomó a Toto en sus brazos y se instaló sobre el lomo del León, agarrándose fuertemente de la melena con una mano. Un momento después le pareció como si volaran por el aire, y luego, antes de darse cuenta de nada más, ya estaban a salvo en el otro lado. El León volvió por tercera vez para trasladar al Leñador, y después se sentaron un rato a fin de dejar descansar a la fiera, pues sus grandes saltos habíanle cortado el aliento y jadeaba como un enorme perro que hubiera corrido demasiado.
De ese otro lado el bosque se presentaba muy tupido, oscuro y bastante lúgubre.
Después que el León hubo descansado, continuaron su marcha por el camino amarillo
preguntándose cada uno de ellos si alguna vez saldrían de aquella espesura para volver a
ver la luz del sol. Para colmo de males, empezaron a oír ciertos ruidos misteriosos
procedentes de lo profundo del bosque, y el León les susurró que era en aquella región
donde vivían los Kalidahs.
-¿Qué son los Kalidahs? -preguntó Dorothy.
-Unas fieras monstruosas con cuerpos de osos y cabezas de tigres -contestó el León-.
Sus garras son tan largas y filosas que podrían abrirme en dos con tanta facilidad como
podría yo matar a Toto. Les tengo un miedo terrible a los Kalidahs.
Fragmento de:
El mago de Oz
L. Frank Baum
Barcelona: El Aleph editores, 2002.